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martes, 6 de mayo de 2008

Alubias y vino tinto.........cuento corto




Escribir es una vocación como muchas otras, pero no todos la poseen, el talento es nato, simplemen-te se nace o no se nace con ello.
El autor de este cuento corto, sin ser escritor de profesión, nos invita a vivir junto a él, una de las historias de sus inumerables viajes que ha realizado, y esta inicia aqui.
Adelina Reyes


Una de las características de la Vía de la Plata a Santiago de Compostela es la escasez de albergues. Son muchos los tramos en que el peregrino ha de conformarse con cualquier refugio sin retrete o agua corriente, facilitado por el ayuntamiento o el cura del pueblo. Recuerdo cómo en un pueblito de Extremadura tuve que buscar mi acomodo en un matadero abandonado. Un lugar insalubre y de lo más siniestro, cubierto de una espesa capa de polvo, salpicadas las paredes de gruesos churretones y manchas de sangre negruzcas. Pasé una noche incómoda en uno de los compartimentos destinados a sacrificar reses. Recuerdo haber pernoctado en gimnasios, centros de jubilados, ruinas medievales y hasta en la casa semiderruida de un sacerdote asesinado durante la Guerra Civil. Rulfo dice en uno de sus cuentos que el cansancio hace la cama blanda. En varias ocasiones pude comprobar la certeza de estas palabras, cuando vencido por el sueño, me veía obligado a dormir a la intemperie, tirando mis petates entre los sarmientos de una viña o sobre los rastrojos de un trigal.
En todo el largo y solitario camino del Sur existen quizás tres o cuatro albergues dignos de ese nombre. Uno de los mejores, probablemente el mejor de todos, está ubicado casi en el final, cerca de Astorga, donde la Vía de la Plata se entronca con el camino francés. Me refiero al albergue de La Bañeza, pequeña ciudad en León, famosa por sus sabrosas alubias y alborotados carnavales. No cabe duda de que el párroco local, en un formidable gesto de solidaridad con el peregrino, ha hecho todo lo posible para que éste se sienta a gusto, ya que el alojamiento dispone de buena cocina, baños, agua caliente, lavadero y nada menos que cuarenta camas. Un auténtico hotel de lujo para el que ha venido atravesando tanto paraje agreste, acostumbrado a tirar el saco de dormir en cualquier guarida que encuentre a mano. Sin embargo, no fue en el inhóspito monte de Extremadura, poblado de alimañas y jabalíes, donde pasé la peor noche de mi periplo. Fue precisamente en el hermoso y bien equipado albergue de La Bañeza donde experimenté la noche más horripilante de mi vida.

Había llovido sin tregua durante los últimos tres días de mi peregrinaje, de modo que ya ni mi chubasquero pudo evitar que anduviera todo empapado. Encontrar a la amable vecina que guardaba la llave del albergue no fue difícil. Recuerdo cómo al pasar el umbral un ligero escalofrío me recorrió la espalda. Fue como si una voz oculta, salida de las profundidades de mi subconsciencia, me instigara a estar alerta. No dediqué atención a esa sensación tan insólita, aparentemente sin ningún fundamento. Aún recuerdo como si fuera ayer el corredor, largo y obscuro, con varias puertas de roble maciza, chapadas de hierro, algunas de la cocina y los servicios; otras cerradas con gruesos candados. Al final quedaba la sala de estar, muy amplia, amueblada con sofás, mesas de grandes dimensiones, largas banquetas y estantería de libros. El dormitorio estaba situado al lado. Me asomé y ví una sala igual de espaciosa, provista de cuarenta camas de hierro que estaban alineadas en orden riguroso contra las paredes. Eran sin duda herencias de algún hospital. Experimenté por segunda vez aquella voz interior que me incitaba sutilmente a la vigilancia. ''Parece lazareto de cuartel", hablé para mis adentros. Saqué una muda seca de la mochila, tirando ésta negligentemente encima de una cama y entré de nuevo a la sala, para firmar el libro de registro. Tras afeitarme y tomar una ducha caliente me lancé a la calle, con un hambre de lobo y ávido por probar esas famosas alubias de La Bañeza.



Cuando regresé, agotado pero satisfecho, con varios platos de alubias y pulpo entre pecho y espalda, acompañados de una excelente botella de rioja, era ya entrada de noche. Al entrar creí percibir ecos de voces en el interior. Sin embargo, sólo había sido una ilusión. Como ocurría tan a menudo en este viaje, estaba completamente solo. Cuando atravesaba el corredor, no pude evitar de pensar en la película "Resplandor", evocando al niño que daba vueltas interminables en un cochecito de juguete por los pasillos de un hotel endemoniado, mientras Jack Nickelson, su padre, se estaba convirtiendo en un loco asesino. Tuve que reír de mi propia fantasía y guaseando mentalmente ahuyenté cualquier pensamiento negativo. Además, me hacía ilusión un sueño reparador, sin roncadores o latosos madrugadores. Cuando abrí la puerta del dormitorio, el espacio se me hacía enorme. Las cuarenta camas de hierro me miraban desde su silencio glacial.
Una vez acostado noté irritado que en la pared de enfrente una lamparita seguía despidiendo una luz blanquecina y crepuscular. Atravesé la sala en un intento de apagarla, pero no era posible. Me metí de nuevo en la cama. Contrariamente a lo acostumbrado, y pese a la botella de vino zampada durante la cena, no pude conciliar el sueño. Sentí una tensión desagradable y mis pensamientos empezaron a divagar locamente, haciéndose cada vez más lúgubres. Un deseo irresistible me obligaba a abrir los ojos a cada rato, para escrutar las camas en mi derredor. Creí que pasando a la cama de enfrente la lucecita me daría menos directo en la cara. Una vez más atravesé la inmensa sala en penumbras, sólo para comprobar que había calculado mal. Al otro lado el efecto de la lucecita era igual de fastidioso, bañando el dormitorio en una luz fantasmagórica.
Acostado de nuevo, no podía resistir el ímpetu de seguir abriendo los ojos constantemente, en un intento obsesivo y fatigoso de penetrar hasta el último recoveco de la sala. Mi fantasía delirante la había convertido en un horripilante hospital de guerra, poblado de espectros agonizantes que lanzaban alaridos estridentes y agitaban muñones vendados, empapados en sangre. Hasta me imaginaba oír el sonido rasposo de un serrucho, cercenando extremidades. Poco a poco esa visión fue imponiéndose con tal brutalidad que me produjo un terror indecible. Pensé en mi somnífero personal, harto comprobado: relajarme totalmente, desde los dedos de los pies hasta los músculos del rostro, evocando con todo detalle, capítulo por capítulo, la última novela que me había leído. Hice un esfuerzo supremo y, profundamente concentrado en las peripecias de Maqroll el Gaviero, viejo marino errante, protagonista de muchas gratas lecturas, logré en efecto quedarme medio dormido. Fue en ese estado de duermevela, suspendido en la enigmática tierra de nadie entre el mundo tangible y el reino de las sombras, cuando mayor es nuestra sensibilidad para percibir señales del más allá, que me desperté sobresaltado y cubierto de sudor. ¡En mi semisueño había sentido la respiración caliente y el peso de un ser vivo echado sobre mí! Con un esfuerzo supremo había logrado arrancarme de mi inmovilidad, dando tremenda patada en el aire. Aquella sensación de tener un ser maligno encima de mí, había sido tan real, que salté de la cama con los pelos de punta y el corazón dándome martillazos furiosos. Azoté el aire en derredor con una lluvia de golpes. Febrilmente busqué el interruptor, mas las cuarenta camas estaban vacías y en la sala reinaba el silencio sepulcral de antes. Sin pensarlo dos veces, cogí mi saco de dormir y salí de aquella enfermería del demonio, pasando velozmente a la sala de estar. Cerré la puerta con un golpe tras de mí. Me acordé de una botella de vino que había visto en la cocina unas horas antes. Haciendo acopio de mi valor, me interné en el pasillo, que ahora se había convertido inequívocamente en el de "Resplandor" y en cuyo fondo se debía encontrar la morada del mismo Lucifer. Botella en mano, regresé de la cocina. Llené una copa hasta el borde y cogí un libro al azar de la librería. Era un manual escolar de los años cuarenta sobre la historia de España. "España, unida, grande y libre" rezaba la tapa desgastada. Me senté en la mesa grande, con mi libro y el vino. Recobrar la calma y enfrascarme en la lectura me costó un esfuerzo sobrehumano. Ayudado por el buen vino, llegué sin más incidentes hasta la independencia de América. Cuando la luz del alba acarició mi cara, estaba acostado en uno de los sofás, la botella vacía y el libro caídos en el suelo. Nada más levantarme, salí del albergue modelo como un cohete, rumbo a Santiago. A partir de aquella noche no pruebo alubias antes de acostarme.

Escrito por Michel Janssen, septiembre 2003